Cualquier reflexión sobre la natalidad debería partir de un dato de hecho que sería irracional negar: el que nace no se origina a sí mismo. Nadie nos ha preguntado si queríamos existir, cuándo y dónde queríamos nacer, nadie ha elegido a sus padres ni a su familia, ni su patrimonio genético, con todo lo que eso conlleva.
En una sociedad que hace de la libre elección el criterio fundamental de lo que debe o no debe ser, este dato puede suponer algo molesto e inquietante. El hombre contemporáneo parece estar cada vez más poseído por una especie de rebelión contra su condición humana, contra lo que se presenta como algo “natural”, dado, no elegido. Se suele tratar el cuerpo como algo que puede modificarse a placer mediante la cirugía estética o tratamientos hormonales, algo que debe adaptarse a nuestros deseos o potenciarse para alcanzar el mayor rendimiento posible. Queremos convertirnos en productos de nosotros mismos, cada vez más “actualizados” y perfeccionados, como cualquier producto tecnológico.
Con el desarrollo de la genética y la biología molecular ya hemos superado el umbral de la reproducción humana. La fecundación artificial permite ensamblar gametos y material genético con la promesa de eliminar posibles “defectos” de generación y obtener “productos” que se correspondan con lo que se demanda en un mercado neonatal cada vez más caprichoso y lucrativo.
¿A qué tenemos miedo? Se trata de algo que sigue siendo imprevisible en cada nacimiento. El recién nacido es un ser humano único e irrepetible y trae al mundo una novedad radical. El nacimiento no es un hecho programado sino un acontecimiento en el sentido más literal del término y siempre es singular. Por eso una de las reacciones más inmediatas y naturales ante un recién nacido, también para sus padres, es ver en qué y a quién se parece.
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