El despertar de un hombre invisible

Hace unos meses me invitaron a colaborar con Cáritas Diocesana de Getafe y tengo que reconocer que, una vez más, un hecho imprevisible me está abriendo puertas que pocas veces en mi vida he atravesado.
En su viaje a España, el Papa no ha dejado de hablar de la caridad y de recordarnos la dignidad de cada persona, como en el Parlamento: «La grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad». Y allí también: «Toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana».
Mi trabajo en Cáritas me pone delante obras, iniciativas, hechos, testimonios, que ponen carne a estas palabras del Papa porque las veo acontecer en acto ante mis ojos. Pasear por chabolas de “otro mundo” entre gitanos y magrebíes en situación de riesgo y ver cómo se les ayuda, ver cómo chicos expulsados del sistema educativo encuentran en una escuela de FP a profesores que les rescatan del «tú no vales para nada» que han oído tantas veces en sus casas y en sus colegios, ver una atención a las personas mayores trabajando con ellos para que puedan ser autónomos y experimenten la ternura y las caricias que tanto añoran… El Papa fue claro: «No se trata de resolverlo todo, sino de ponerlo en manos de Dios y de estar presentes allí donde el ser humano sufre».
Una de las obras sostenidas desde Cáritas Diocesana de Getafe es el centro de atención a personas sin hogar San Vicente de Paúl en Aranjuez. Este centro está atendido por las Hermanas Mercedarias de la Caridad, por trabajadores de Cáritas Getafe y por voluntarios. Hace unos días, estando allí, me hablaron de uno de los acogidos que ya ha salido y que ha escrito un testimonio sobre lo que le ha supuesto pasar por ese lugar. He querido compartirlo porque, basado en mi propia experiencia, creo que nos hace un gran bien –nos hace más humanos– mirar el drama de una “persona invisible”, como

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