Es muy difícil vivir la vida hoy, en España, de espaldas a una realidad que nos rodea y que nos obliga a tomar posición: somos la puerta de Europa, esa “tierra prometida” para millones de africanos que viven su vida planeando cómo acortar la distancia que separó Hércules en uno de sus doce trabajos. A un lado, el continente africano, con una historia difícil e irregular, lleno de riqueza cultural, espiritual y natural; al otro, el europeo, cincelado sobre raíces cristianas a base de filosofía y derecho, herencia de las grandes civilizaciones, y también de terribles guerras y grandes pactos políticos.
Generalizar y resumir es imperfecto y, a la vez, inevitable. Todos los pensamientos se acumulan cuando cruzo el estrecho de Gibraltar pensando en las columnas de Hércules, en qué habría pasado si mi tío Paco hubiera nacido unos kilómetros más al sur de Andalucía o mi amigo Mohammed unos más al norte de Tetuán. Mirando un día el atardecer desde Tánger con algunos amigos marroquís, una sombra de tristeza les nubló el rostro contemplando la costa de Tarifa, la punta de Oliveros, cabo de Gracia.
«Desde que nacemos tenemos la mirada fija en España. Es nuestro sueño, el sueño que alimentamos». La escritora franco-marroquí Leila Slimani me contó una vez que su padre, nacido en Tetuán, se sentía profundamente español. Cogía barcos hacia la Península sin visados ni fronteras traumáticas. «Para mí la separación entre Marruecos y España es algo muy duro y muy triste». Recordó el Café Hafa de Tánger, lleno de jóvenes mirando hacia España en silencio, el mismo desde el que
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