Cartas septiembre 2026

Un hogar es un lugar al que uno puede volver

Queridísimos amigos: no se imaginan lo feliz que me hace poder llamarlos así. Pero hay mucho más que eso:
yo me sentí hija de ustedes. De todos.

Todo empezó desde las vacaciones en Metepec. Antes de llegar ahí, no le había pedido nada en particular a
Dios, solamente que todo saliera bien. Y todavía me conmuevo cuando pienso en todo lo que, en cambio,
recibí: quien se hizo mi amigo, quien me invitó a cantar, quien jugó conmigo, quien comió conmigo,
quien bailó conmigo. Quienes fueron como un padre y una madre para mí, a pesar de que ni siquiera nos
conocíamos. En fin, todos los que me acogieron. Es una paradoja, ¿no? Parece que no hubiera ninguna
lógica en toda esta familiaridad. ¿Por qué deberíamos sentirnos tan unidos si apenas nos conocemos? Y, sin
embargo, nos volvimos parte, el uno de la historia del otro. Mi casa está en Italia, pero todos ustedes, durante
estas semanas, fueron como un hogar para mí y para mi familia. Y un hogar es un lugar al que uno puede
volver: aquí estoy segura de que siempre habrá alguien esperándome, alguien que me recibirá como a una hija.

Ahora, quizá con un poco de dificultad, voy a volver a mi vida cotidiana, y la tentación es quedarme atrapada
en la nostalgia de estas semanas, con miedo de olvidar todo. Pero no quiero tener miedo de perder aquello
que supo encontrarme, incluso ahí, con ustedes, al otro lado del mundo. Porque eso es precisamente lo que me conmueve profundamente: haber comprobado una vez más que las circunstancias no son lo más importante; lo esencial es la compañía y Aquel que la hizo posible.

La cuestión no es cómo, sino con quién. Con ustedes mi corazón volvió a vibrar, porque la amistad de la que
me enamoré en Italia la encontré también aquí, al otro lado del océano, con personas que eran desconocidas
para mí, que ni siquiera hablan mi idioma, pero con quienes comparto el mismo camino. Me imagino que
fuimos alcanzados por la misma luz, que encontramos la misma promesa.

Para mí es verdaderamente una gracia reconocer que esta plenitud que viví no es obra mía. No hubo nada
que yo hubiera planeado o construido, empezando por el hecho de que todo lo que nos pasó fue una sucesión
de acontecimientos inesperados, y todo esto gracias a sus constantes invitaciones. Compartimos la misma
experiencia, formamos parte del Movimiento, pero esta compañía no somos nosotros que la hacemos posible.

Es evidente que entre nosotros hay una gran amistad, pero no nos pertenecemos unos a otros. Más bien,
pertenecemos a Aquel que puso estos rostros frente a nosotros. Yo soy de esta compañía. Soy de Aquel que me mostró esta compañía como signo de Su presencia, para que mi vida pueda cumplirse. Y si de verdad pertenezco a esto, no puedo sino creer que es para siempre.

Permítanme contarles algo de mí, tratando de explicarles por qué esta experiencia ha sido tan importante para mí. Últimamente me he estado preguntando mucho cuál es mi vocación. Me pregunto a qué estoy llamada, qué será de mi vida. Lo cierto es que cada vez más siento que estoy estrechada en este Abrazo: un Abrazo que me está pidiendo que le entregue la vida. Toda.

Porque siento que cada cosa, cuando se la confío a Cristo, encuentra su lugar. Incluso yo, con todas mis dificultades; yo, que de lo contrario muchas veces me siento fuera de lugar, sin consuelo, preguntándome siempre qué es lo que está mal en mí.

Con ustedes volví a descubrir lo agradecida que estoy, porque recibí como regalo un corazón que desea una vida grande, una vida que grite quién soy, pero que, sobre todo, dé testimonio de la misericordia de Aquel que me quiso en este mundo. Estamos lejos, es verdad, pero estamos juntos en este camino que es la vida. Por eso les pido la caridad de ayudarnos a recordar que toda esta plenitud no es una idea nuestra que tengamos que conservar o defender por nuestra cuenta. Es Alguien que nos encontró y que sigue buscándonos, sirviéndose del rostro, de la mirada y de las palabras de los amigos, incluso en medio de las dificultades y las heridas más grandes.

«Este es mi cuerpo, que será entregado por ustedes», dijo Jesús durante la Última Cena, y el sacerdote lo repite durante la consagración en la Misa. Yo descubrí que esta afirmación también se ha vuelto mía: deseo entregar esta vida, y la forma en que seré llamada a hacerlo será el Misterio quien lo decida. Pero les confieso que me encantaría muchísimo volver con ustedes y ponerme totalmente a disposición para lo que sea necesario, como un instrumento Suyo. Porque me he enamorado de este país, de todo lo que vi, pero sobre todo de la comunidad que encontré. Como les dije, se han convertido en una familia a la que puedo volver. Gracias. Cada uno de ustedes quedó grabado en mi corazón.

Beatrice, Milán.

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